Someone reaching for me now
Through the dark, reaching for me now
You need someone to hear you when you sigh
Someone to wipe away those tears you cry
Someone to hold you 'neath the darkened sky
And someone to love you more than I
Te quiero en ese lugar donde mi amor es solo el principio
Buenas navidades
Aún conservo el esmero que me motivaba a pasarme muchísimas horas adornando la casa, preparando la mesa festiva, haciendo individuales en cartulina, centros de mesa con flores y piñas, y demás adornos que molestarían en el cruce de platos durante la cena; pero hoy se lo dedico a otros caprichos hermosos.
A mí me bastaba imaginarme impecable con mi ropa de estreno, y acompañar a mi papá en las compras de las vísperas, para sentirme como si estuviera a punto de sentarme en el trineo con Papá Noel. Cuando ya tuve mi propio peculio, y no perdía tiempo escribiendo una cartita que jamás viajaba más de tres metros, mi clima festivo rebozaba al elegir los regalos que mi ansiedad siempre estaba a punto de revelar.
Mi euforia era tal, que disfrutaba hasta de ir a la misa de Noche Buena, porque era una ocasión perfecta para desfilar mi ropa nueva, como si fuera la novia que espera hacer su entrada triunfal.
Luego de la opípara cena que parecía destinada a saciar el hambre de la posguerra, salíamos al parque a mirar los fuegos artificiales, mientras uno de mis hermanos que detestaba los estruendos espiaba por la ventana (para él los fuegos artificiales debían venir con silenciadores, y la guerra debía definirse en un partido de fútbol).
Créanlo o no, los regalos eran el motivo menos alentador de mi alegría. Me sentía satisfecha con todo lo previo…el resto era yapa.
Eran noches que en mi cortita vida se convertían en las más perfectas de las disfrutadas. Terminaban con la misma ansiedad con la que empezaban, esperando despertar al día siguiente, para desayunar los restos de pan dulce, con la familia y amigos que se habían quedado a dormir. Una de esas tantas noches terminó con alegría extra: mientras todos intentábamos dormir, y en medio de la oscuridad, uno de mis hermanos que se había inaugurado en la sidra del brindis, empezó a correr alrededor de la mesa, riéndose a carcajadas. Las carcajadas se contagiaron entre todos los que estábamos, y mi abuelo tuvo que agarrarlo y frenarlo, para convencerlo de que se fuera a dormir.
Me parece que ya conté una vez que me enteré tarde de la verdadera identidad de los misteriosos regaleros, pero lo que vale la pena recordar es que me sugestionaba solita para convencerme de la existencia de la magia.
Así fue que, luego de haber descubierto la verdad, en una ocasión en que los “Reyes” nos regalaron un juego de hamacas, descubrimos las huellas de los camellos en el camino de entrada a mi quinta. Jamás supe como fue que llegaron las hamacas, ni si mis papás se tomaron el trabajo de hacer huellas en la tierra, pero sí se que ese día me regalaron una linda duda y las ganas de volver a creer que había alguien que cumplía mis deseos sin esfuerzo.
Y ahora me cuesta pensar o recordar más allá de lo que me muestra que me es inmerecido este momento. Porque nunca supe ser de otro modo. Porque nunca lo intenté, aunque a veces me provocaran. Y porque hoy se que no quiero serlo.
No me tranquiliza la conciencia lo que me hace feliz. Por eso, me duele la facilidad con la que decepciono; la liviandad para menospreciar el costo de conseguir lo que valoro; la ligereza para presumir mi voluntad. Porque así me asumen indiferente, vulgar, superficial, indolente.
Y aunque siempre me sea más fácil soportar las faltas padecidas que fallar, y me acostumbre a acobachar lo bueno cuando hay, sin esperar lo que yo misma a veces no se dar, aún no aprendí a tolerar la frustración de los que quiero.
Primeros abandonos
Con la excusa de la distancia, me obligaban a despertarme tempranísimo para llegar a horario, madrugando antes mi envidia a las que vivían a dos cuadras, y tenían tiempo para volver a su casa y buscar el mapa con división política que la maestra nos había mandado traer el día anterior.
La distancia me obligaba también a dejar de lado mi repetidas ganas de irme a casa a almorzar las sobras de la noche anterior, mientras vería en la tele a Carozo y Narizota, y resignarme a ser una más del montón, sentada en el comedor del colegio, comiendo la milanesa menos tentadora del planeta, en platos de un desconocido material irrompible, y una gelatina servida en vasitos plásticos de cafe.
Pero un vez, mi estadía en el colegio superó lo que mi cuerpo y mente estaban habituados a aceptar.
Sucedió una de esas pocas tardes en las que no tenía actividad extraescolar y salía del colegio al razonable horario de las 16 hs. Pero, por una razón que desconocí hasta muchos años después, ese día se olvidaron de ir a buscarme.
Y me quedé esperando en el hall. Al principio sin notar la demora, jugando con algunas compañeras; después sola, dibujando en el piso con el aserrín que tiraban siempre los días de lluvia.
Pero a las dos horas, comencé a desesperar, justo después de que la última rezagada mamá pasara a buscar a mi afortunada compañera, y me preguntara con cara de asombro si mis papás estaban demorados, y si quería que ella me llevara casa, a lo que, por verguenza supongo, le contesté irremediablemente que no.
Después, la angustia. Ni un solo ruido en todo el colegio. Solo monjas que iban y venían, dándome palmaditas en la cabeza. Me moría de ganas de hacer pis, pero no me quería mover del banco por las dudas de que llegara alguien en mi búsqueda y se pensaran que ya me había ido.
Y la angustia y la desesperanza llegaron a su punto máximo cuando vino la directora del colegio a ofrecerme cenar un sandwich y una manzana que traía en la mano. Solo aguanté a que se fuera, luego de mi respetuoso rechazo, y me largué a llorar: ¡cenar en el colegio....¡¿a quién se le puede ocurrir algún ofrecimiento más desagradable para una niña de 11 años?!. Ya era suficiente con tener que almorzar ahí, para encima verme obligada a ver la oscuridad de la noche, sentada en un banco del colegio, sola, comiendo un sandwich, invitada por una monja.
A esas alturas ya me resultaba increible pensar en mi rescate. Pero llegó de manos de mi mamá, a eso de las 8 de la noche.
Mucho tiempo después me explicarían que ese día debía buscarme mi papá, quien vaya a saber porqué pensó que él sólo debía encargarse de mis hermanos (que iban a un colegio a dos cuadras del mío), y que a mí me retiraría mi mamá. Gracias a que mi ausencia se notaba, al llegar a casa mi mamá preguntó por mí, se enteró del malentendido, y salió rápidamente en mi búsqueda.
El tiempo pasa, y los abandonos de antes se van convirtiendo en anécdotas con gracia, reemplazados por abandonos actuales, insuperables en sufrimiento, hasta que uno nuevo, le saque el primer lugar en el campeonato de los malos momentos. Puro entrenamiento.
Librotote
Lo encontré paseando entre libros, revistas y discos, uno de esos días donde lo único poco amigable son las ganas de hacer pis.
Como tantas veces, cuando lo ví dije/grité: "Yo lo teníaaaa". Y entonces me lo llevé.
Es un libro para pintar gigante, de los que te tenés que tirar al piso para poder colorearlo cómodamente.
Tiene dibujos de los personajes de Plaza Sésamo; ese programa que vaya a saber uno porqué a mi mamá le atraía tanto, y que a pesar de que lo único realmente entretenido era Elmo por condescendencia supongo, miraba todas las tardes (sí, ya de chica era complaciente aún a costa de mi desagrado).
No dedico mi tiempo a molestar ni a hacerle el día más difícil a nadie; no me merezco entonces sus tonitos sobradores, ni sus empujones, ni sus excusas irónicas, ni sus miradas maliciosas.
Gente bizca, que no despega los ojos de su ombligo, y ni siquiera por un instante intentan salir de su burbuja empañada, entérense: el mundo ni empieza ni termina en lo que Uds. quieren.
"¿porqué no probamos, por una vez, a realizarle al otro sus sueños?”
Feliz Jalowiiiin

Sí, ya se: que es una fiesta pagana, que no nos pertenece, que es completamente ajena a nuestra cultura, que no tiene sentido, que es fomentada sólo con fines comerciales, etc., etc., etc.
Pero necesitaba la excusa para poner la foto y demostrar que las brujas sí existen.
PD: no hay truco; la vi con mis propios ojos, varias veces, muchas veces....y ahora tengo pesadillas.
Update visual: para que vean que no exagero...y que donde hay uno hay más!!!!
"en construcción"
Paradójicamente, durante más de 10 años de mi infancia, crecí en esa casa eternamente en construcción. Jamás llegó a ser lo que me contaron que sería, ni lo que yo misma quise que fuera: una casa de dos pisos, con un hermoso patio abajo; con una cocina cálida con desayunador; un resguardado living, ideal para contener el sonido de la música; y mi pequeño dormitorio con una alfombra peluda y un ventanal con salida al balcón que daba al patio de abajo.
Sólo llegó a tener el desayunador en la cocina y el patio. El resto: contrapisos, paredes con revoque, un baño exterior, mucha humedad y dos habitaciones compartidas entre siete.
Sin embargo, era más amable por lo poco que había que por lo mucho que podía haber. Esa casa supo dejar marcas en mi cuerpo y en mi alma.
Una casa de principios de siglo, con paredes que parecían tener venas que se cargaban de agua cuando llovía y mojaba los cables de tela, provocando inesperadas descargas eléctricas a quien se descuidara apoyándose en ellas. Fueron tantas las veces que me descuidé, que recién ahora me animo a cambiar una lamparita sin llamar al electricista.
El baño estuvo en el patio durante años, hasta que luego de mucho ahorro se pudo construir el pasillo que lo incluiría dentro de la calidez del hogar. Así aprendí a aguantarme las ganas de hacer pis durante la noche, hasta los límites insospechados del inevitable despertar; nunca me atreví a salir de madrugada a los invierno de los 0 grados, aún a costa de la salud de mis riñones.
Sólo habitábamos el piso de abajo. En el de arriba, había tres habitaciones que cumplían la función de depósito de la copiosa biblioteca de mi papá. Adoraba subir allí, sin anoticiar mi ausencia, para poder curiosear sin tiempo esos libros intrigantes. Recuerdo muchos que continuamente llamaban mi atención: uno de curanderismo, con una foto en la tapa que mostraba a alguien vestido de médico metiendo su mano en el estómago de una persona despierta; otro de magia negra, que empezaba con una tenebrosa advertencia sobre la verosimilitud de los ritos que incluía (entre ellos una invocación al diablo, que se debía realizar frente a un espejo iluminado con velas negras); otro de fotografía, con cuerpos desnudos en posiciones francamente irrepetibles; otro de Las Mil y Una Noches; muchos de filosofía, con frases inintelegibles para mí en ese entonces (y en este ahora, a veces).
En otra de las habitaciones estaba la colección encuadernada de diarios de 1945, que me apasionaba husmear en busca de viejas publicidades, y que en alguna ocasión me ha servido de entretenimiento junto a mis hermanos cuando llamábamos a los teléfonos publicados: ¿Hola, estoy hablando con "la sastrería Marco Polo" ?.
Pero había una cuarta habitación que tenía una magia especial, no sólo porque mi papá había instalado allí su escritorio, sino porque de la pared del fondo salía el tronco y las ramas de un árbol testarudo que había decidido crecer allí y que la adornaba impecablemente.
Y yo le hacía honores a su especialidad, eligiéndola como lugar de estudio sentada en el descuajeringado sillón, o dándole rienda suelta a mi curiosidad revisando cajones ajenos. Así descubrí, tiradas en un rincón, unas revistas pornográficas que, vaya a saber porqué, no me sorprendieron en lo más mínimo a pesar de mi corta edad. Y en otra ocasión, encontré unos negativos fotográficos que acusaron la plena vigencia de mi complejo de Electra: mostraban a una mujer desnuda sobre una cama, quien evidentemente no era mi mamá, junto a otro hombre a quien sólo mi imaginación freudiana pudo creerlo parecido a mi papá. La, para mí ,documentada infidelidad motivó mi raudo y lacrimoso aviso a mi mamá quien, luego de ver los negativos, me respondió con una carcajada que me dejó en el más merecido de los ridículos, seguida de una demostración convincente sobre que ni ella era la señora desnuda, ni mi papá el señor al costado de la señora, ni ninguno de los dos quien tomó la foto (jamás se me ocurrió pensar en quién corno había sacado la foto).
La escalera que unía el ambiente cotidiano con ese otro al que me gustaba escapar, también supo tener su protagonismo. En ella decidí que jamás fumaría, luego de tener un absceso de tos por haber probado un cigarrillo encendido que le llevaba a mi papá. Me regaló también el momento más tenebroso que viví jamás, cuando un rayo descargó su furia en su baranda, iluminando de un blanco fosforescente el abrazo que con mis hermanos le dimos a mi mamá en busca de apaciguar nuestro pánico.
Finalmente, el pasillo de entrada en el que los martes a la mañana corríamos para ser el primero en apropiarnos del Billiken; o el de las vueltas del colegio, que nos veía desabrochándonos el uniforme para ahorrar tiempo de ocio en casa; la puerta de hierro que a pesar de que se cerraba a los golpes, siempre fue tan efectiva que cuando entraron a robarnos debieron hacerlo por el techo; la pileta de cemento de la entrada, donde metía a mi perra para bañarla mientras ella hacía todo lo posible para que compartiéramos el “momento”.
Esa casa fue y es un continente entero de mis emociones. Y aún así, como estuvo siempre, “en construcción”, fue el hogar más perfecto que hubiera podido elegir.
En el mientras
Hoy tengo la convicción de que todo va adquiriendo su justo significado. Lo dudoso, lo latente, lo escondido, lo inerte, lo neutral, tuvieron un imprevisto giro que los puso en primer plano. Y todo se fue acomodando, para que la segunda parte sea la mejor. Así, hasta la circunstancia más banal encontró el sentido que le cabe ahora como anillo al dedo.Si hasta Manuelita, que ha sido durante años simplemente el nombre de mi alterego, hoy es mi "Lejana" de Cortázar, que como ella vive más acá que allá.
Por eso quise tener este juguete, solamente por ser la representación de tanto.
Hoy soy más Manuelita que Carla, Julieta, Micaela, y tantos otros nombres a los que pudiera responder. Por eso recuerdo desde aquí, porque mis anécdotas pintan de pies a cabeza a una Manuelita.
A quién sino a una Manuelita de seis o siete años se la imagina uno absorta mientras escucha y ve su primera ópera. O despertándose tempranísimo, a la mañana de un sábado para prepararles el desayuno a sus papás con facturas y diario comprados sigilosamente para no despertarlos. O leyendo un cuento, escondida debajo de la ropa de cama para que la realidad de su dormitorio no distrajera su imaginación.
¡Le queda tan bien ese nombre a mis recuerdos!. Me sientan tan bien hoy mis recuerdos...
Homenaje
A veces quisiera que todos te hubieran conocido,
Que aún escuchen tu voz ronca y graciosamente gritona,
Que les fuera incontenible la risa al escuchar tus disparates filosóficos,
Que descubrieran con orgullo impropio tu silenciosa bondad.
Porque quiero hablar de vos,
Y quizás así poder extrañarte menos
Recordarte en voz alta,
Llorar tu ausencia sin explicarle a nadie.
Pero a veces quisiera seguir siendo de los pocos que tenemos tu recuerdo,
Para protegerlo, con el más altruista egoísmo, de que lo empequeñezcan con clichés.
Y sí, sos bueno, alegre, generoso; y fuiste cabrón, fanático, porfiado hasta la médula, y tenías hormigas en el culo. Y todo de una forma tan amablemente única…
Porque siempre voy a creer que no hago suficiente en honor a tu memoria,
Que te sueño poco,
Que te lloro menos, aunque te extrañe demasiado,
Que he sido ingrata con la calidez que me regalaste todos tus años,
Que no te llego ni a los talones en casi todo lo que pudiste hacer.
Pero tu alegría es tan contagiosa…
Y por más que me esfuerce en evitarlo, se me escapan tus memorias.
Les gusta sentarse en el papel para dibujar tu nombre,
Para que otros te lean, y con la más ingenua vanagloria vos te sientas famoso
Y los demás te sintamos merecidamente admirable.




