Vacaciones como la gente

Durante muchos años agoté mis largas vacaciones escolares en mi quinta, correteando descalza en el pasto y nadando día y noche en la pileta hasta quedar como pasa de uva. Los meses de diciembre y febrero, bajo la anarquía amorosa del cuidado de mis abuelos, mientras mis papás esperaban ansiosos la "feria judicial"; y enero desobedeciendo hábilmente siestas impuestas e implorando que papá y mamá tuvieran el termostato ajustado para meterse a la pileta a jugar con nosotros.
Pero cuando la situación económica mejoró, o mejor dicho, el "Dios proveerá" pasó también a ser lei motiv de la administración presupuestaria estival, empezamos a irnos de vacaciones "off shore".
Aunque ya quisiera hoy poder disfrutar de esos días eternos en mi quinta, nada reemplazaba la emoción y la ansiedad de los días previos a un viaje, y la aventura que significaba ir a un lugar desconocido, dormir en un hotel, y tenerlos a papá y a mamá ciento por ciento dedicados a darnos los gustos.
Una de las primeras vacaciones fuera de mi quinta de las que tengo un recuerdo fiel, fue el viaje a Mendoza. Viajamos en un tren con camarotes, coche-comedor, y cine. Los cinco que éramos entonces compartimos dos camitas, que para nuestro desconcierto aparecieron "mágicamente" luego de nuestro paseo por el tren, y sin que ninguno de los chicos sospecháramos que escondían el sillón y el cuadro que un rato antes adornaban la pared.
El arrullo del tren en movimiento y los restos del insomnio provocado por la ansiedad de la noche anterior, hizo que el cansancio nos venciera y pasaran desapercibidas las incomodidades de dormir apretujados.
Cenar sentados en una mesa, jugando con el movimiento ladeante de vasos y platos, y ver en pleno viaje "El globo rojo" en pantalla grande, nos dieron ganas de que el tren fuera sólo el principio de la aventura.
Y así fue. Nos alojamos en un bungalow con aspecto de iglú, tan real que enseguida debimos adaptarnos a la vida esquimal: usábamos el piso de refrigerador, dormíamos completamente vestidos, e incluso mi mamá intentó juntar agua llenando un balde de nieve para lavar los platos al día siguiente (ahí nos falló la instinto y sólo conseguimos menos de un vaso).
Caminamos encantados de hundir nuestras piernas hasta las rodillas, salvados de la pulmonía con nuestros flamantes equipos de nieve; jugamos a los rallys con trineos que tardábamos 15 minutos en subir por la ladera de la montaña, y derrapábamos en 10 segundos; construimos nuestro primer muñeco de nieve, destrozado por un perro hambriento que se comió su nariz de zanahoria y se afanó la bufanda que lo adornaba.
Pocas viajes recuerdo con tanta añoranza como ese.
Después vendrían vacaciones a lo grande, en hoteles que nos asombraban con lujos que sólo veíamos en las películas, y nos hacían comportar como seres extraterrestres, al tratar de descubrir como se abría un grifo sin canilla o la puerta de la habitación con una tarjeta magnética; o inundando la cocina de espuma por haberle puesto detergente al lavavajillas, o el baño por jugar a las olas con el hidromasaje; o rompiendo techos por usar de trampolin las camas king size.
Y otra vez volveríamos a las vacaciones más modestas, en las que ni se notaba la diferencia porque las disfrutábamos con la misma intensidad, haciendo picnics en las montañas en busca de vertientes que uno imaginaba como cataratas y después parecían una gotera; nadando en los ríos hasta que los pies nos quedaban insensibles de pisar tantas piedras; e inventando canciones durante los viajes, mientras buscábamos el hospedaje de turno: "hotel flamingo, flamingo hotel donde estás, en un lugar".
Eran mucho más que vacaciones. Eran el esfuerzo de mis papás para vernos contentos. Eran las ganas de estar juntos. Eran el ingenio que dan ciertas carencias. Eran el aprendizaje de saber aprovechar lo que nos tocara en suerte. Son la síntesis de lo grandiosa que fue mi infancia.

2 comentarios:

Minombresabeahierba dijo...

Desde mi infancia, ya que mi padre trabajaba allá, viajaba a Bariloche en tren.
Llegué a tener un viaje de 56 horas, incluso los primeros con locomotora a vapor.
El tren carreta era el Lagos del Sur, unos años estuvo el Arrayanes que tenia coche cine, que llegaba en 30 horas.
Jamas he dormido mejor que con el acunamiento y sonido de los coches camarotes, en especial la cama de arriba.
Maravilloso: "Cenar sentados en una mesa, jugando con el movimiento ladeante de vasos y platos".
Cuanta nostalgia...cuando estoy fuera del pais viajo siempre en mi medio de transporte preferido: el tren, y si hay coche camarote seguro ahi, y por supuesto almorzando y cenando en el coche comedor. besotes

mm...si producciones. dijo...

¡Hermosa anécdota! Hasta chisté de lejos al perro para que soltara la zanahoria...
En mi infancia, las vacaciones estaban invertidas. Como si viviéramos en el hemisferio Norte; porque (como ya conté), cada año era un lugar nuevo, así que las vacaciones en la casa de la nona era nuestro momento de rutina, el resto del año nos esperaban las verdaderas aventuras.
¡Por cierto, en Córdoba hay bonitos lugares para compartir unos mates!
Avise si se tienta...
¡Un besote, Manuelita!